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Tres claves para generar salud

Citando a la OMS: “salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

Este concepto se encuadra dentro de lo que podríamos llamar salud integral o concepto holístico de salud, ya que engloba los diferentes planos del hombre y de la mujer: físico, psico-emocional y social, sin olvidar el aspecto espiritual (trascendencia) que nos completa como humanos.

Desde esta perspectiva, el hecho de que una persona no tenga ningún tipo de lesión orgánica ni patología mental, no es suficiente para afirmar que esté sana. Salud es mucho más que eso…

Tiene que ver con el nivel bienestar que uno siente, con la sensación de felicidad que experimenta a lo largo del día, con actuar en base a objetivos que importen. En definitiva, con tener una razón de vivir (o varias) y disfrutar del camino en cada momento. Sentirse VIVO y disfrutar de ello es el indicativo principal de estar SANO.

Podemos, incluso, estar pasando por una enfermedad y, sin embargo, sentirnos sanos si somos capaces de integrarla en nuestra vida como un aprendizaje más, en vez de considerar la sintomatología como un estorbo a combatir. La enfermedad siempre trae un mensaje de evolución personal. Cuando la enfrentamos desde este planteamiento, se convierte en un aliado que nos ayuda a mejorar nuestra calidad de vida.

SALUD con mayúsculas es un estado de bienestar que nos hace sentir en armonía con nosotros mismos y con nuestro entorno. Por el contrario, ENFERMEDAD es un estado de malestar que nos hace sentir en conflicto con nosotros mismos y/o nuestro entorno.

Para estar sanos, por tanto, necesitamos sentirnos a gusto con lo que hacemos, lo que sentimos y lo que pensamos; ser coherentes con nuestros valores, hacer lo que queremos hacer y convertir las obligaciones en libres elecciones.

Por el contrario, si tendemos a vivir en automático, sujetos a rutinas diarias que acaben por convertirnos en autómatas, sufriendo la Vida en vez de disfrutarla, es fácil que terminemos por perder la libertad que da la salud, propiciando, a la contra, un cambio de estado hacia la enfermedad.

Una gran cantidad de problemas crónicos tanto físicos como psico-emocionales se nutren, en última instancia, de una manera equivocada de vivir. Equivocada no en términos absolutos (no hay un único modo de vivir), sino relativo: lo que para uno puede ser adecuado para otro deja de serlo. Pero, en cualquier caso, si nuestra vida no nos proporciona un alto nivel de satisfacción es que no estamos yendo en la dirección adecuada.

Hay indicadores que podemos utilizar para medir el nivel de adecuación de nuestra vida diaria a las necesidades que precisamos para estar sanos.

El primero de ellos se localiza en nuestra mente. ¿Cuáles son tus pensamientos predominantes a lo largo del día?: ¿son pensamientos de paz, de alegría, de aprobación o, por el contrario, te llevan hacia el enfado, la insatisfacción, la queja, la crítica o el desánimo?

Todos participamos de un diálogo mental con nosotros mismos casi continuo, aunque muchas veces no seamos conscientes de ello… ¿Qué es lo que nos decimos a lo largo del día?

Otro eficaz medidor de salud está directamente relacionado con nuestra expresión facial. Si te miras al espejo en diferentes momentos del día, ¿qué ves?: ¿paz, relajación, sonrisa, alegría? o, más bien, ¿enfado, agotamiento, dolor, ganas de llorar, queja…?

Fijarnos en nuestros estados de ánimo nos va a permitir romper con la inercia de los automatismos diarios y acercarnos a esa persona que llevamos dentro para preguntarle cómo se siente, que necesita y que tiene que decirnos.

Sabremos que estamos sanos si deseamos seguir viviendo como vivimos y haciendo lo que hacemos. Si no es así, necesitamos urgentemente curarnos de la enfermedad de no ser feliz. Porque SALUD y FELICIDAD acaban por convertirse en inseparables. Una persona sana se siente feliz (a gusto consigo misma) y, también, una persona feliz se siente sana. La enfermedad se instala donde hay algo que cambiar, donde lo que somos y lo que hacemos diverge.

El camino para pasar de la enfermedad a la salud no es único. Hay muchas maneras de acometerlo, casi tantas como personas, aunque se pueden establecer algunos patrones genéricos sea cual sea nuestra particular manera de estar sanos:

♦  Lento acontecer: las prisas son enemigas de la SALUD. Conducen al agobio, al estrés, a la preocupación y, en definitiva, hacia estados que generan malestar y que pueden acabar por somatizar como enfermedades importantes (relación entre el estrés y las úlceras o el infarto, por ejemplo).

Necesitamos disminuir nuestra velocidad para poder asimilar con efectividad el entorno que nos rodea, para ser conscientes de lo que hacemos  , para disfrutar de muchos momentos a lo largo del día. Darnos tiempo para asimilar lo que nos llega, para tomar decisiones, para organizar nuestra vida… nos ayudará a mejorar nuestra SALUD.

♦ Atención al entorno: centrar nuestra atención en lo que nos rodea y, especialmente, en nuestros seres queridos (aquellos que tenemos más próximos a nosotros) también contribuye a mejorar nuestra salud. Al adaptar nuestros ritmos vitales al entorno se genera armonía (la salud es armonía mientras que la enfermedad se nutre del conflicto).

Es habitual que transitemos dormidos por la calle, en el trabajo e, incluso, en el hogar, mientras convivimos dentro de nuestra mente con los problemas, las obligaciones y las preocupaciones del día sin apenas enterarnos de lo que sucede a nuestro alrededor.

Cuando nuestra mente se mueve usualmente entre el pasado (recuerdos) y el futuro (preocupaciones y obligaciones) sin prestar atención al ahora, a lo que está ocurriendo en este momento delante de mí, nos perdemos la VIDA y, con ella, las oportunidades, las experiencias útiles y las posibilidades de aprender y mejorar.

Algunas técnicas como la relajación guiada, el mindfulness, el yoga o el Tai-Chi, entre otras, pueden ayudarnos a desarrollar el hábito de sintonizar con el presente la mayoría del tiempo.

♦ Hacer lo que quiero y querer lo que hago: la coherencia entre lo que pienso y lo que hago es otra de las claves para tener SALUD. Si pienso que el trabajo que realizo es aburrido y carente de valor y, pese a ello, sigo haciéndolo, genero un conflicto que va a afectar mi salud integral.

¿Cómo resolver la aparente incoherencia entre lo que pienso y lo que hago para un caso como este?… Cambiando el cómo lo hago y no el qué hago. No se trata de dejar un trabajo que me aburre o que incluso odio, pero que necesito para subsistir (también puede ser una alternativa cambiar de trabajo si lo tengo claro). Un cambio del cómo lo enfoco (a qué presto atención) puede darme una visión radicalmente distinta. Si analizo los aspectos que me pueden resultar agradables y me centro en ellos, en vez de en aquellos que no me gustan, iré, poco a poco, consiguiendo mayor coherencia interna y mejoraré mi salud (seré más feliz) porque querré lo que hago (en vez de odiarlo).

También es necesario que nos acostumbremos a hacer más lo que queremos y para ello podemos trabajar en dos frentes simultáneos:

  • Rechazar aquellas cosas que no deseamos hacer y no resultan imprescindibles (compromisos no deseados, por ejemplo)
  • Explorar nuevas actividades, nuevos lugares, nuevas relaciones.

Estos tres factores (bajar el ritmo, vivir el presente y enfocarnos en lo que nos gusta) mejorarán nuestra SALUD INTEGRAL de manera muy satisfactoria. ¡Pruébalo!

Sugerencia: detecta cuál de estos tres factores es más deficitario en tu vida y comienza por él.

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