La opinión de una expatriada

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Soy una de esos jóvenes que, ante la llegada de la famosa “crisis económica internacional”, se marchó de España en busca de un futuro mejor. O esto es lo que diría si fuera cierto, pero en realidad mi historia es un poquito diferente. Permitidme que os la cuente.

Cuando era más joven, decidí que quería estudiar historia. Cuando acabé la carrera, decidí que me gustaba el mundo de los museos, y estudié un máster en museología. Y como se trataba de una formación privada y quería tener otro título que tuviera carácter público, estudié un máster en gestión cultural. Mientras tanto aproveché el tiempo trabajando casi 7 años en una empresa de atención al cliente. Nada que ver. Pero a todo el mundo le llega un momento en la vida en que se plantea qué hacer a continuación, y yo decidí que ya era hora de dejar aquel trabajo y probar suerte. Aproveché un cambio de empresa con su consecuente subrogación y me marché.

Entonces llegó la pregunta: ¿y ahora qué hago? Ya había estudiado suficiente. Ya sabía idiomas. Ya tenía experiencia laboral. Y no tenía grandes ataduras en España. Así que, buscando, encontré una web de ofertas de empleo en Austria, me registré y en el plazo de una semana ya estaba recibiendo una llamada con una buena oferta de trabajo. ¿Qué tenía que perder? Lo peor que podría sacar de aquella experiencia sería un sueldo, ampliar mis conocimientos de alemán y tener que volverme a casa. Por eso me fui. Porque fue el primer trabajo que encontré y me daba igual que estuviera en otro país.

Ahora, casi tres años después de aquella aventura, y mientras escribo esta historia desde el salón de mi casa (aún en Austria), me planteo y me sorprende cómo se ven las cosas desde el lado que se queda en España. Cuando cuento mi historia, mucha gente me llama valiente por haberme ido completamente sola a un país que no conocía. Yo no me lo tomé así, sino como una oportunidad. También los hay que en muchos casos se lamentan de la pérdida de una mano de obra joven y cualificada, que se marcha a otro país a realizar trabajos que los nativos de ese país no quieren. Creo que en este caso se deberían hacer matices, ya que hay quienes tienen que aceptar determinados puestos debido a que su conocimiento del idioma no les permite acceder a otra cosa; hay quienes no consiguen o no quieren integrarse en el país del destino (en este caso no me estoy refiriendo a españoles en particular, sino a inmigrantes de otras naciones que abiertamente declaran no querer aprender el idioma del lugar en el que trabajan); y los hay que sí ocupan puestos relacionados con la formación que han recibido en España y están muy bien valorados.

Si me refiero a todo esto en esta ocasión es porque, ahora que comienza la campaña electoral en España, se oyen, como se llevan oyendo ya todos estos años, muchas cosas sobre los pobres expatriados a quienes hay que ofrecer puestos de trabajo en España para que vuelvan, o bien que hay que favorecer que sean más aún los jóvenes que se vayan del país y busquen trabajo fuera.

Según datos del Instituto Nacional de Estadística, el número de personas que se emigró de España en el año 2012 asciende a más de 446.000 individuos; en 2013 esa cifra se incrementó hasta las más de 532.000 personas, y los datos provisionales de 2014 muestran una tendencia negativa.

INE

Por otra parte, según una nota de prensa de ese mismo organismo con fecha 18 de marzo de 2015, se especifica que en el Padrón de Españoles Residentes en el Extranjero (PERE) consta que el número de personas de nacionalidad española que residen en otros países ha aumentado un 6,1% respecto al año 2014, llegando a una cifra de 2.183.043 personas el día 1 de enero de 2015*.

Estadísticas aparte, no debemos engañarnos: cada persona tiene una historia detrás que explica por qué se ha visto obligado (o no) a ir a vivir a otro país y por qué, tal vez, ha querido o se ha tenido que quedar allí. Hay historias tristes, hay historias de éxito y hay historias graciosas (como la mía) pero no se puede englobar a todo ese colectivo dentro de un bloque tan sólo por motivos electorales. Y, por supuesto, hay quienes deberían ahorrarse los discursos sobre temas que no conocen.

A mí personalmente me gustaría mucho que esos políticos que tanto tratan sobre esta cuestión (cuando quieren) pudieran conocer de primera mano qué es lo que se siente cuando ya no se vive y trabaja en el país en que se ha nacido, para mal pero también para bien. O, al menos, que hablasen con personas de origen diverso y con historias de emigración también distintas para hacerse una idea real de cuál es el problema o de cuales son las soluciones que se podrían aportar al mismo.

Lo mejor de todo, sin embargo, sería que la conciencia colectiva dejase a un lado la idea tan negativa de que todo el que se va lo hace porque no tiene más salida, porque no siempre es así. No defiendo el que se fomente la emigración como solución a una crisis económica, pero tampoco estoy de acuerdo con que se vendan todas las historias como un proceso triste. Para algunos, haber emigrado a otro país también ofrece algunas ventajas. Es, desde luego, complicado adaptarse a un lugar en el que las costumbres no son las nuestras, en el que el idioma es en muchos casos diferente y en el que se nos hace difícil estar alejados de nuestros seres queridos, pero si se afronta dicho cambio desde un punto de vista optimista, que es lo que yo recomiendo siempre a quien me pide consejo o a quien simplemente me lee, la emigración (o expatriación, como gusta decir ahora) se hace realmente mucho más llevadera y más sencilla de lo que nos quieren vender.

 

*La nota de prensa mencionada se puede consultar en este enlace: https://www.ine.es/prensa/np898.pdf

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